Lecciones de Winnie Pooh para empujar tu creatividad en los negocios

Lecciones de Winnie Pooh para empujar tu creatividad en los negocios

La cultura pop ofrece varias figuras que nos recuerdan la importancia de tener una mente imaginativa, y una de las más curiosas (y tiernas) están en la creación del autor A. A. Milne y el ilustrador E. H. Shepard: el oso de peluche Winnie Pooh.

Emprender requiere vocación, entrega, capacidad de lidiar con números, de hacer estimaciones, de prever escenarios y de anteponer resultados y cifras sobre las emociones… pero antes de todo eso, requiere imaginación.

De nada sirve un cerebro altamente analítico si su apartado creativo permanece apagado o sin estímulo.

La cultura pop ofrece varias figuras que nos recuerdan la importancia de tener una mente imaginativa, y una de las más curiosas (y tiernas) están en la creación del autor A. A. Milne y el ilustrador E. H. Shepard: el oso de peluche Winnie Pooh.

Se antoja ingenuo pensar que en un producto dirigido al público infantil pueden encontrarse puntos que le sean útiles al perfil del emprendedor, pero si se analiza lo que implica hablar sobre Winnie Pooh -esto es, creación, argumento y posición mediática-, se hallarán referencias más allá de lo que un oso que come miel ataviado en playera roja pudiera sugerir.

En otras palabras, Winnie Pooh es un recordatorio de la importancia de la creatividad y gracias a él es posible observar que:

1. La inspiración para lanzar un producto puede llegar de cualquier lado
Milne escribió los dos libros de Pooh -titulados Winnie-the-Pooh (1926) y The House at Pooh Corner (1928)- tras ver a su hijo Christopher jugando con sus animales de peluche.

El pequeño tenía especial apego a un oso al que llamaba Edward, pero Milne lo rebautizó “Winnie” para que compartiera nombre con una famosa osa negra que vivía en el Zoológico de Londres.

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Una vez dilucidados el concepto y el argumento general, Milne incorporó en sus libros al resto de los animales de peluche de Christopher, los mismos que forman parte de la pandilla de Pooh: Puerquito, Igor, Cangu, Rito y Tigger, y después se asoció con Shepard para crearles una identidad visual y lanzar el primer texto al mercado.

La inspiración siempre está frente a nuestros ojos; solo hace falta dejarse llevar, detectar y desarrollar.

Como datos adicionales, el hijo de Milne se llamaba Christopher Robin, al igual que el niño protagonista de los libros, y los animales de peluche están en exhibición permanente en la Biblioteca Pública de Nueva York.

2. Si un producto es bueno, otros pagarán lo que sea por usarlo bajo licencia
El Pooh que está en el imaginario popular no es el de las ilustraciones de Shepard, sino el que pasó por el filtro del mismísimo Walt Disney, quien se enteró de los libros gracias a su hija Diane.

Era tanta la felicidad que la niña irradiaba al leer los textos, que Disney buscó desde 1938 hacerse de los derechos para adaptarlos a una película animada, pero fue hasta 1966 que el resultado de este interés por fin se materializó: Winnie the Pooh and the Honey Tree, corto con el que dio inicio el longevo vínculo entre el oso y la casa del ratón.

Winnie Pooh es un activo tan rentable para Disney, que cuando en 2003 estuvo a punto de perder los derechos comerciales, las proyecciones eran negras, de pérdidas por miles de millones de dólares.

Pero después de un poco de magia legal, la estabilidad de Pooh y Disney se recuperó y ahora tenemos un producto nuevo de la franquicia, en promedio, cada dos años. Solo una muestra de hasta dónde llegó el oso de Milne y Shepard (y de cuánto se hincharon sus carteras y las de sus beneficiarios).

3. El contacto con el niño interior es fundamental para estimular la creatividad y encontrar el éxito
Disney ha mantenido vigente a Winnie Pooh a través de productos creados para televisión, videojuegos, juguetes, cortos, especiales y películas animadas y, ahora, de acción viva.

Sobre esto último, la apuesta es Christopher Robin, cinta estelarizada por Ewan McGregor y centrada en un Christopher ya entrado en la mediana edad y cuya imaginación se extinguió con el paso del tiempo.

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Pooh emprende un viaje del Bosque de los Cien Acres a Londres para reencontrarse con Christopher y ayudarle a redescubrir esa inventiva que lo hacía especial cuando era niño, la misma que tanta le hace falta ahora en su vida adulta.

La tesis de la película es directa: dejar atrás al niño interior significa condenarse a vivir sin capacidad de asombro ni sentido de innovación, en un estado de monotonía e insipidez que bloqueará cualquier posibilidad de destacar.

Nuestro niño interior es el mejor amigo del emprendedor, es el que imagina, el que sueña, el que se atreve a pensar en que un montón de animales de peluche son la mejor idea para irrumpir en el mundo de la literatura infantil.

La competencia y los modos y circunstancias del mundo adulto pueden ser crueles para cualquier proyecto, pero si recordamos que un oso de peluche fue la fuente de uno de los negocios más rentables de todos los tiempos, el panorama mejora y la creatividad se estimula.

Entrepreneur
Uriel Barco
Agosto 3 de 2018

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